viernes, 29 de enero de 2016

domingo, 24 de enero de 2016

Yolanda

Yolanda

   Yolanda era un palo. Sí, un palo de escoba que mi abuelo Roque pintó de rojo, y yo bauticé Yolanda.
   El tronco del limonero, recién plantado, se torcía hacia la derecha y había que enderezarlo. Entonces mi abuelo cortó un palo de escoba, tenía la costumbre de guardar las escobas viejas, para usarlo de tutor.
   Con pintura sintética roja, brillante, cubrió la superficie. Y la punta superior del palo, la que está redondeada, la pintó con sintética blanca.
   Esperó unos días para que se secara, regó el limonero hasta que la tierra de alrededor se tornó lodosa y clavó el palo de madera.
   Haciendo un paneo con la vista, por el jardín de la casa, uno podía darse cuenta de que ésta era una práctica habitual. Casi todas las plantas tenían tutores. Pintados o de blanco, o de rojo. Pero el del limonero era el único bicolor.
   Al cabo de dos semanas, este árbol no sólo seguía torciéndose hacia la derecha, sino que, además, comenzó a secarse. Dio un limón agrio, tan agrio que el jugo secaba la lengua y el paladar, y después de eso se secó en forma definitiva.
   Roque decepcionado, sacó y tiró el árbol y al tutor rojo y blanco lo guardó en un galpón atiborrado de cosas en desuso.
   A partir de ese momento el viejo palo de escoba dejó de oficiar como tutor de plantas y pasó a ser Yolanda: mi compañero de juegos.
   Cada tarde, cuando salía al jardín de mi casa para jugar, iba en busca de Yolanda y se convertía en bastón, o varita mágica. Hacía las veces de puntero o servía para alcanzar los higos y las ciruelas maduros que brotaban en las partes altas de los respectivos árboles.
   Fue mástil de diversas banderas, fue cuerpo de espantapájaros, pero su rol más usual era el de micrófono.
   Durante meses, ese palo rojo y blanco fue mi compañero de juegos. Y cada tarde, luego de jugar durante horas, lo guardaba en el galpón: para que no quedara a la intemperie y saber dónde encontrarlo al día siguiente.
   Un jueves, recuerdo, de primavera, después de almorzar, fui a mi habitación. Preparé un cartel de feliz cumpleaños, pintado con fibras de distintos colores y flores secas pegadas alrededor del papel, a modo de guirnalda. Salí al patio, lo colgué del ciruelo y corrí hacia el galpón a buscar a Yolanda.
   Era su cumpleaños, un año junto a mí, compartiendo mis fantasías de niña de 7 años.
   Entré despacio, para no hacer ruido, y me encontré con la sorpresa. Mi abuelo Roque había limpiado el galpón. Innumerables cosas fueron a para a la basura y a la calle. Entre ellas, Yolanda.
   Busqué y busqué. Entre las herramientas, en el baúl de diarios viejos, tras la puerta, pero era inútil. Roque había sacado a la calle las escobas viejas y los palos pintados.
   Salí del galpón con los ojos llorosos, tratando de disimular la angustia. Imaginaba a mi mamá gritándome que estaba loca, que cómo iba a llorar por un palo de escoba. Y claro, visto de ese modo, era cierto, no tenía sentido. Pero ¿quién iba a entender que no era sólo un palo pintado? Era Yolanda.
   Entonces me senté sobre el pasto, y mirando el cartel de feliz cumpleaños que colgaba del ciruelo decidí que nadie tenía que notar mi tristeza, no lo entenderían. Me quedé por varios minutos con la mirada perdida mirando el cielo celeste. Y me di cuenta de que ese día aprendí un comportamiento de los adultos: aprendí lo que es tragarse el llanto.

El bunker

El bunker

   En el mundo de los edificios, tener una casa en pleno casco urbano, era una osadía. Por eso, Carlos, cuando hablaba de su propiedad, parecía que hablaba de una mujer y no de un inmueble.
   Las ventajas estaban claras. Como era una construcción de más de treinta años, las paredes eran paredes, decía Carlos. No esas de cartón que hacen ahora. Y lo mejor de todo: no tenía vecinos que le zapatearan en la cabeza… como en los edificios. Piso a piso, siempre hay algún vecino que camina con paso de plomo o con tacos.
   Además, cada vez que quería arreglar algo, pintar, agrandar, modificar, no tenía que pedirle permiso a nadie, ni concurrir a tediosas reuniones de consorcio.
   Pero Carlos tenía algo más en su propiedad. Tenía patio, chico, ocho metros por cinco. Pero con tierra, césped, plantas y hasta tenía un limonero cuatro estaciones.
   Por eso, los fines de semana, para alejarse del estrés  de la oficina, no se encerraba en la habitación donde tenía la computadora. Ni se tiraba en los mullidos sillones del living a mirar televisión. Carlos preparaba el mate y se iba al patio a arreglar las plantas, a cortar el césped, a regar.
   Con el correr de los meses, en la cuadra, comenzaron a venderse terrenos y casas viejas. Cada espacio se transformaba en un edificio.
   Este fenómeno se multiplicó como los panes y los peces; en la manzana, el barrio y la ciudad.
   Una mañana de un sábado de primavera, Carlos se despertó sobresaltado. Miró el reloj que estaba en su mesa de luz: las 7.30.
   Gritos y música provenían de uno de los edificios que lindaba, ahora, con su medianera. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. La pared de su propiedad estaba siendo vulnerable a los ruidos.
   En una semana hizo rodear el perímetro de la casa con una nueva pared. Hecha por dentro, adherida a la estructura original.
   Así, la casa quedó con doble pared. Ochenta centímetros de ladrillo compacto y cemento, lo protegían de todo intento de filtración de sonidos.
   Con el tiempo, la altura de los edificios linderos comenzó a tapar el sol. Y por si fuera poco, las ventanas de los departamentos permitían que sus habitantes curiosearan hacia su jardín.
   Entonces hizo construir un techo, cubriendo todo el patio. A los pocos días, las plantas estaban amarillentas. Ya no recibían ni sol, ni aire. El jardín de la casa se transformó en una habitación más.
   Sin embargo, Carlos, no contento con eso, descubrió que al abrir las ventanas o las puertas, se filtraban charlas, risas, sonidos. Así que hizo sellar todas las aberturas.    Incluso la puerta de calle.
   Y se quedó encerrado en la casa, única en la cuadra. Sin luz, sin aire, sin sonidos y sin salida.


viernes, 22 de enero de 2016

Su presencia

Su presencia

   En la mirada se le notaba el cansancio. De tanto viaje, de tanta angustia, de tanto exilio. Se había convertido en otra persona, con todo lo  bueno y lo malo que le había sumado la vida fuera de su país. Era otra persona. Surcado por más mundo, por otras realidades ajenas a su querida Uruguay.
   Cada gota de experiencia, se había anexado a su piel. Más allá de su aparente sonrisa, los ojos denotaban tristeza. Cada arruga de la cara marcaba una etapa, un recuerdo.
   Parado frente al espejo de la sala, escrutaba su imagen, tratando de reconocer al Mario de antes y al Mario de ahora. Tratando de aceptar que se estaba volviendo viejo.
   Su país era otro, él era otro. ¿Acaso con el correr de los años alguien sigue siendo el mismo?
   Dejó de observarse. No tenía sentido sentirse más agobiado de lo que estaba. Ese día se había despertado pensando en Luz. Lo que le hacía percibir aún más la ausencia. Por eso dejó de mirarse al espejo, la mayoría de las arrugas las había transitado con ella, las había disfrutado con ella y la había descubierto con ella.
   Se paró frente a la estantería, al lado de su computadora, y sollozó mirando la foto de Luz.  Había vivido tratando de no sentirse lastimado,  el día que tuviera que estar en soledad. Sin embargo la ausencia de su mujer se hacía sentir.
   Mario sabía de soledades. Sabía, como él mismo escribió en uno de sus poemas,  que son jaulas de uno mismo, que son hebras de muerte y que son claves de una historia.
   Casi sin ganas se sirvió el desayuno y decidió refugiarse en su incondicional guarida, la escritura. Entonces, recién entonces, se sintió mejor.
   Las letras comenzaron a dar forma a un texto, que poco a poco le devolvía la sonrisa y lo evadía en tiempo y espacio.
   Su mente se confundió con el teclado sin dejar de plasmar ideas, reflejando sus años de producción, sus años de legado literario y político. La mañana de nostalgia se transformó en horas de trabajo.
   Por momentos la pantalla se oscurecía y luego se tornaba más brillante que de costumbre. Contrariado, se levantó de la silla para husmear la electricidad. Todo estaba perfecto.
   Al regresar a la computadora pudo ver, sin embargo, que la pantalla parecía latir. Esa fue su corazonada. Luz estaba allí. Oscura, clara, transparente, opaca. Estaba entre sus dedos, en el latir de su corazón, ayudándolo, como siempre lo había hecho, a adaptarse a su desexilio.
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Ficción sobre Mario Benedetti. 
Publicada en revista digital “Territorio de Palabras”. www.territorio.perio.unlp.edu.ar. 
Año 2010. 

   

14 de junio

14 de junio

   La luz se apagó. La oscuridad del cuarto se tornó temeraria. Por eso era mejor permanecer estático, rígido.
   No debía respirar. La  idea de henchir el pecho generaba que, la posibilidad de  chocarse con algún objeto, transmutara en pánico.
   No debía pestañar, no fuera a ser que del techo cayera alguna partícula de tierra,  empujada por el vaivén de sus pestañas.
   La habitación era estrecha, tanto que no podía mover los brazos sin encontrarse con algo. Atiborrada de objetos, pilas de libros, manuscritos, condecoraciones, pero sobre todo, la habitación estaba colmada de reminiscencia.
   Allí, acostado, sobrellevando el incesante crujir de la mecedora, recordó etapas.
   Por su memoria deambulaban textos, momentos, ideas. La metáfora lo acosaba. Esa metáfora harto embellecedora,  que había sido su aliada. Tiempo  después renegó de ella. Por eso, ahora estaba convencido de que la metáfora color punzó, lo perseguía para torturarlo. 
   De pronto un ave le picó los dedos del pie. Pero no pudo moverse, no pudo agitar sus pies, ni mucho menos sentarse y ahuyentarlo con los brazos.
   El pollo, como sabiendo que el espacio no le permitía efectuar movimiento alguno, prosiguió su hostigamiento con calma. Blanco el cuerpo, cual cisne; negra la cabeza, cual cuervo. Y picoteaba, picoteaba, se agachaba y clavaba su pico en las yemas de los dedos, que sangraron en proporción intrascendente.
   Sin embargo este accionar se desvaneció en forma repentina.
   Silencio. Negro noche, en el cuarto estrecho. Escaleras, escaleras, escaleras…
   Tras un sonido seco, como el de un objeto golpeando la madera, comenzaron a desfilar libros en el cuarto. Él, siempre inmóvil, observaba las tapas, las páginas, las letras y se sintió en paz. 
   Il a senti qu´il devait dormir pour toujours.  
Ginebra  y sus calles con adoquines, sus casas antiguas y aristocráticas. Ginebra colmada de gente, también entró en la estrecha habitación de Jorge Luis. Los libros se entremezclaron con lagos y montañas. Y se perdieron entre las calles del barrio Saint Jean.
   Silencio, otra vez. Negro noche, en el cuarto estrecho. Tic, tac, tic, tac, tic, tac.
   De pronto percibió que algo se desplomaba sobre el techo de la habitación. Sonaba como si fueran cascotes. Y caían, caían, el sonido se hizo cada vez más pesado hasta que se perdió.
   Los sepultureros, acababan de cubrir el ataúd.


Ficción sobre Jorge Luis Borges .
Publicada en revista digital “Territorio de Palabras”. www.territorio.perio.unlp.edu.ar. 
Año 2009. 

miércoles, 20 de enero de 2016

He perdido mis escritos que aún realizo en papel. El agua se los llevó junto a la historia que había detrás de cada texto. Hoy, casi  ya no escribo; pero aquí estoy, intentando.

Paula