Eso que va allí es el tren que dejamos pasar...
¿Y era el último? ¿O crees que habrá otra oportunidad para subirnos?
jueves, 29 de noviembre de 2018
jueves, 13 de septiembre de 2018
La puerta blanca
La puerta blanca
Ella sabía perfectamente que estaba prohibido. Muy pocos podían
traspasar aquella puerta blanca. Sin embargo, seguía con la idea fija, podía ser la primera,
podía ayudar a otras. Estaba cansada de permanecer entre esas cuatro paredes
pensando, en forma constante, que nunca, nunca, podría atravesar esa puerta.
Jamás estaba cerrada con llave, ¿por qué hoy no podía ser el gran día en
que se atreviera a romper con la prohibición social de traspasarla? Cuando las
luces estuvieran apagadas y todos estuvieran durmiendo, lo haría, abriría la
puerta blanca.
Las horas corrían en forma lenta y el tic-tac del reloj de la habitación
se tornaba cada vez más insoportable, hasta que al fin dieron las veintitrés. Se apagaron las luces; ella permaneció detrás de la puerta de su cuarto, en
silencio, casi sin respirar, con el corazón agitado, esperando. Aguardaba el momento en que sintiera menos miedo, esperaba no escuchar sonidos,
esperaba que bajara su ritmo cardíaco, esperaba como había esperado tantos años
que la trataran mejor, que la reconocieran como mujer. Esperaba.
Estuvo así una hora, o dos, había perdido toda noción del tiempo. Finalmente
se decidió y abrió lentamente la puerta de su cuarto. Empezó a caminar, parando
a cada instante y mirando a su alrededor. Esa madrugada, el pasillo angosto, oscuro, de paredes
descascaradas por el paso del tiempo, le pareció interminable pero ella seguía
avanzando hacia su destino.
Cuando llegó a la puerta blanca, en forma precipitada se dio vuelta,
había sentido ruidos en el otro extremo. Su corazón latía muy fuerte, apoyó la
espalda contra la pared y contuvo la
respiración. Había sido una falsa alarma.
Esperó unos minutos más y estiró el brazo en forma lenta hacia el
picaporte, volvió a mirar atrás, el miedo la invadía, respiró profundo, lo hizo
girar. Dudó, se sintió aterrada, tembló, sintió que las piernas ya no la
sostenían pero a pesar de todo, empujó con suavidad y abrió la puerta
prohibida.
lunes, 6 de agosto de 2018
Reencuentro
Reencuentro
Se encontraron en Tucumán, habían pasado alrededor de nueve años
sin verse y ya no eran los mismos.
Se descubrieron en una mirada, entre la multitud que paseaba por la calle principal y no pudieron dejar de sonreír.
Él había ido a la provincia por trabajo. Luego de un viaje poco placentero en avión decidió alojarse en el hotel, dejar sus cosas y descansar un rato. La tormenta y turbulencia en pleno vuelo, lo habían puesto nervioso.
Ya instalado en la habitación que le pagaban desde la empresa, se tiró en la cama control remoto en mano y empezó a pasar los canales, ¿que podía ver? Tras quince insoportables minutos de ir y venir de canal en canal, apagó el televisor para tomar una ducha.
Se sentía cansado y no solamente por el viaje sino por la situación que estaba viviendo. Un trabajo sofocante que le absorbía la mayoría del día y para colmo de eso, en la casa la situación no marchaba nada bien. Tenía la pequeña sospecha de que su novia, que estaba demasiado distante, en algo raro andaba.
Luego de la ducha se vistió con un jean y una remera gris. Hacía calor pero era soportable, por lo que tomó su billetera, las llaves de la habitación y salió del hotel a pasear por el centro.
La caminata, mientras miraba vidrieras, le hizo dar ganas de tomar una cerveza bien fría. Por eso empezó a buscar un bar con la mirada; un bar que le gustara, para sentarse en una mesa, en la vereda y poder ver el constante ir y venir de las personas.
De tanto pasear su mirada, sus ojos chocaron a la distancia con otros ojos, cuyo rostro él vio sonreír al instante.
Se acercaron abriéndose paso entre la multitud y se dieron un abrazo fuerte que duró varios segundos. Tras el saludo, comenzaron a contar en forma resumida, el uno al otro, qué había sido de sus vidas, luego de tantos años sin verse. Al cabo de varios minutos de conversación, él comentó que estaría allí solo por tres días, a lo que ella sugirió que los aprovecharan al máximo.
Esa noche él tenía la cena de bienvenida a la convención de la empresa para la que trabajaba y no podía faltar, por eso quedaron en verse al día siguiente, por la mañana.
Cuando sonó el despertador a las nueve de la mañana, él se levantó de prisa, se vistió y salió del hotel, directo a la calle que le había dicho su amiga para encontrarse y desayunar juntos.
Se citaron en una esquina, en la puerta de un bar colorido, iluminado, y al llegar buscaron una mesa en el segundo piso.
Después de desayunar y de mirarse continuamente, penetrándose con la mirada salieron a caminar por las calles de Tucumán, mientras ella mostraba los lugares turísticos y conversaban de eso.
Ella lo tomó de la mano y él la dejó hacer. Luego vino un beso, otro y otro más. Hasta que sacando del bolsillo las llaves de su casa, le dijo que estaba sola.
Por unos segundos, él sintió un cosquilleo en el estómago y recordó años atrás cuando habían sido novios, esos instantes que aún tenía guardados en la memoria. Sin embargo con ese recuerdo, se le cruzó la imagen de su actual pareja; entonces, con voz seria dijo que no era una buena idea, que cada uno tenía su vida, que
no pusieran en riesgo sus matrimonios.
Durante los dos días restantes que él estuvo en el Congreso no pensó en otra cosa que en ella. Pensó en tragarse sus propias palabras e ir a verla, pensó en decirle que quería estar con ella una noche, que disfrutaran eso, a pesar de las circunstancias. Pero una y otra vez se frenaba.
Al regresar a Buenos Aires, tal como él quería nadie lo esperaba en el aeropuerto porque nunca había dicho a qué hora llegaba. Entonces, apareció de sorpresa en su departamento pensando en abrazar a su pareja y en decirle cuánto la amaba.
Sin embargo, al abrir la puerta se encontró con el espectáculo que venía sospechando hacía meses, su pareja estaba con otro.
Cerró la puerta de un golpe y sin más, regresó al aeropuerto y tomó el primer vuelo a Tucumán. Una vez allí se alojó en el mismo hotel en el que había estado hasta el día anterior, llamó por teléfono a su amiga y le
preguntó si estaba libre por la noche.
Ella sorprendida de escuchar la invitación le dijo:
- Arreglo todo y nos vemos a las diez.
Y las diez en punto sonaron suaves golpes en la puerta de la habitación.
Y las diez en punto sonaron suaves golpes en la puerta de la habitación.
martes, 12 de junio de 2018
Instantes perfectos
Instantes perfectos
- ¿Te acompaño?- le dijo. Ella dudó unos segundos, ¿acompañarla, por qué, para qué, y por qué no?
Se habían conocido hacía un año y no se habían vuelto a ver. El destino los cruzó ese día en una conferencia, por causalidad. ¿Por casualidad? No, las casualidades no existen.
En ese mismo instante ella recordó que había arreglado no tener horarios para regresar. Y aceptó la propuesta.
- ¿Y si me acompañás a almorzar?- redobló la apuesta.
Y se fueron caminando juntos, a paso lento por la vereda, con el sol del otoño sobre las espaldas y las hojas amarillas cayendo en forma lenta como una cortina de agua.
Entraron a un restaurante pequeño, no muy iluminado y se sentaron en una mesita del fondo. Él pidió una milanesa completa, estaba sin desayunar; ella miró la carta de pastas pero prefirió una suprema con ensalada.
Durante el almuerzo, charlaron de muchos temas y en cada diálogo se encontraron con sus miradas. En esas miradas había sentimientos no dichos que él se animó a exponer
- Te pienso a cada instante, desde que te conocí no dejo de pensarte y de imaginar con vos, momentos como este.
Ella calló, lo miró por varios segundos a los ojos y le contestó
- Pensé que era cosa mía, pero yo tampoco te puedo sacar de mi cabeza.
Entonces, se tomaron de las manos, se acariciaron, entrelazaron sus dedos disfrutando el momento. Entendieron que había muchos puntos que los unían y que deseaban compartir miles de instantes, juntos.
Al finalizar el almuerzo salieron otra vez a la calle, caminaron varias cuadras y se tomaron de la mano mientras continuaron conversando. Con ganas de decirse todo, como si fuera la última vez y con muchos silencios que, lejos de ser incómodos, se transformaban en suspiros.
Cuando llegaron a la plaza más cercana se sentaron en uno de los bancos, el pasó su brazo por sobre el hombro de ella, mientras ella apoyaba la cabeza sobre el hombro de él.
Estuvieron así varios minutos conversando hasta que ella se paró, se sentó sobre sus piernas y se fundieron en un beso que dejó boquiabierto a más de un transeúnte.
Tras el beso se escrutaron con los ojos, con los corazones latiendo muy fuerte. Se acariciaron, las mejillas, los labios y volvieron a besarse deseando que ese momento no terminara nunca.
Los besos se hicieron cada vez más intensos, más apasionados, más largos, más sentidos. Él le pasó la mano por adentro de la ropa y comenzó a acariciarle la espalda. Parecía que ya ni las miradas, ni los besos alcanzaban para expresar lo que sentía el uno por el otro.
- Te quiero- le dijo por fin él.
Ella respiró profundo, lo volvió a mirar a los ojos por unos segundos hasta que se atrevió a contestarle.
- Yo también te quiero.
A partir de ese instante sus sentimientos ya no tuvieron retorno, las cartas estaban echadas.
Se levantaron del banco y siguieron caminando hasta que llegaron a la parada del micro que los separaría. Allí, volvieron a fundirse en un abrazo y un beso eterno sabiendo que no sería el último.
Cuando ella subió al micro se miraron una vez más, con una de esas miradas que va más allá de los ojos y penetra en el alma. Y se separaron, él salió caminando para el lado opuesto mientras que ella se sentó en uno de los primeros asientos.
Sabían que esos instantes perfectos se iban a repetir y que no iba a pasar mucho tiempo para que eso ocurriera; los dos lo necesitaban, los dos lo querían, lo deseaban.Tendrían que esperar el momento oportuno pero el paso ya estaba dado, se querían y no había vuelta atrás.
Entonces, la ciudad los fagocitó nuevamente y los transportó a su vida cotidiana. Pero sus corazones habían quedado unidos por lo dicho, lo no dicho, por las miradas y por sobre todo, por el deseo.
jueves, 24 de mayo de 2018
Preguntas
Preguntas
¿Qué pasa cuando crees
que el tiempo de tus manos se ha escapado,
que ya pasó tu vida,
que la época más linda se ha fugado?
¿Qué pasa cuando sientes
que todo lo mejor lo has desaprovechado,
que el tiempo se termina
pero aún vos no has empezado?
jueves, 19 de abril de 2018
El muro de mi casa
El muro de mi casa
La casa donde viví durante toda mi infancia tenía un jardín
amplio, tan amplio que era mi mundo. El patio medía 35 metros de largo, por 10
de ancho, mi mundo mucho más.
Árboles, plantas con flores, arbustos, enredaderas y mucho césped
copaban el lugar de punta a punta y se convertía casi todas las tardes en mi
espacio de juego. A cada lado, una medianera de ladrillo a la vista, unidos
entre sí con una mezcla de barro y arena, separaba el espacio de la casa de los
vecinos, separación que permitía colocar la punta de los pies y usar los
ladrillos como escalera para trepar y poder asomar la cabeza por arriba de la
pared y ver los jardines ajenos.
A poco de comenzar mi cuarto año de la primaria, regresaba a
mi casa luego de una mañana en la escuela y comprobé que en una de las casas
que lindaba con la mía había gente mudándose. Para mi sorpresa pude ver que era
un matrimonio con dos hijas.
Con el correr de los días y por esas cosas bien de los
barrios, supe sin preguntar que las chicas nuevas se llamaban Mariana, quien
tenía mi edad, y Carolina, dos años menor que yo; que iban a un colegio
religioso y que les gustaba jugar mucho en el patio de su nueva casa que era
tan amplio como el mío.
Un día de otoño, decidí salir a jugar como era mi costumbre
y al llegar a la mitad del camino de portland que recorría el jardín, descubrí
a Carolina trepada a la medianera. Sus ojos marrones escudriñaban alrededor de
nuestro patio, sus largos rizos rubios se confundían con las hojas amarillas de
los árboles. La miré desde atrás de una planta y pude ver en su cara blanca y
redonda una gran sonrisa, lo que me dio confianza para acercarme de a poco y
saludarla.
A pesar de mi timidez, el saludo fue una ventana abierta
para comenzar un diálogo que, con el correr de los días y las semanas se
transformó en amistad. Mariana, aunque con menor frecuencia, también se sumó a
los encuentros diarios por sobre la medianera.
Nuestras charlas podían durar horas y llegamos a ponernos un
apodo grupal para poder llamarnos por encima de la pared y así saber que
estábamos en el patio. Reconozco que ellas la tenían más fácil para trepar
porque en vez de subirse a la pared podían hacerlo en una amplia higuera. Era
gracioso porque en los dos patios había higueras y ambas estaban plantadas a la
misma altura de cada jardín por lo que quedaban enfrentadas entre sí y hasta
unían sus ramas por encima de la medianera.
La diferencia estaba en el tronco. La higuera del patio de
mi casa tenía un tronco frondoso y las ramas estaban muy altas como para
trepar. Se necesitaba destreza, cosa que nunca tuve o una buena escalera. En
cambio, la higuera del patio de las chicas tenía un tronco pequeño de una
altura de no más de un metro y de allí surgía innumerable ramas que servían de
escalones y a su vez de asientos.
Así, la hora de la siesta se transformó en el momento de
encuentro habitual. Risas, cuentos, juegos, todo por encima de la medianera. Al
fin, después de tantos años de soledad en el barrio pude encontrar amigas tan
maravillosas.
Un día en que estaba charlando con Carolina, le comenté que nos íbamos a ir de vacaciones con mi familia, por lo que
estaríamos quince días sin vernos. Esa tarde aprovechamos las horas de sol
y charlamos y jugamos hasta la hora de cenar.
Ya durante los últimos días de las vacaciones no veía la
hora de reencontrarme y llevarles de regalo, a cada una, los collares que había
armado con caracoles de la playa.
Pasaron quince días y ya estábamos de regreso. Luego de
ordenar toda la ropa y vaciar los bolsos, tarea que me había encomendado mi
madre, recién pude salir al patio a llamar a las chicas. Había envuelto los
collares en papel de regalo y había escrito una breve nota para cada una.
Las llamé pero pasaron unos minutos y no venían, por lo que
volví a insistir. ¿Me habrían escuchado? Volví a llamarlas, esta vez con más
énfasis, nada. Me sorprendió el silencio sepulcral que había en todo el patio y
en la casa, entonces decidí pegar la vuelta e ir por la vereda a tocar timbre,
algo inusual para nosotras. Solo quería disfrutar del reencuentro, tenían que
tener mis collares, teníamos que vernos.
Al salir, una vecina que me vio dirigirme hacia la casa de
las chicas me llamó y me dijo que no tocara timbre porque la vivienda estaba
vacía. La miré sin preguntar, sin embargo ella siguió hablando, típica vecina
de esas que sabía todo lo que sucedía en el barrio. Así me enteré de que hacía
un par de días que la familia se había mudado de ciudad. Quedé petrificada, sin
poder articular palabra. Sola, otra vez, en el barrio.
Nunca supe porqué, ni a dónde se fueron. Tampoco tuve la
oportunidad de despedirme. Años después, ordenando mis cajas viejas encontré
los dos paquetes de papel para regalo con los collares de caracoles; al verlos, entristecí recordando a mis amigas que se habían esfumado por siempre en forma
abrupta y me invadió la melancolía. Melancolía que me acompaña tras cada
historia que vivo luego de ese suceso tan inesperado.
Hoy las recuerdo con cariño, como algo lejano de mi vida que
me ayudó a vivir días en los que sentí felicidad.
viernes, 6 de enero de 2017
Feliz día de reyes
Feliz día de reyes
A las 11:10 el perro empezó a ladrar. Lo escuché a través de la
pared del patio pero no le presté atención, si bien hacía rato que no lo sentía
no fue un ladrido alarmante ni desesperado por lo que opté por seguir
preparando mi fiesta de cumpleaños ya que en unos días cumpliría 21. Pensé que
el perro ladraba porque había visto a los reyes magos en sus camellos que, al
ser 6 de enero, estaban repartiendo juguetes como les decía Fermín a los chicos
del barrio desde hacía años.
Media hora después, al escuchar la ambulancia, me enteré de la
noticia. Dos mujeres de alrededor de 30 años habían ingresado a la casa de
Fermín haciéndose pasar por enfermeras.
El hombre era uno de mis vecinos linderos. Tenía 80 años y vivía solo
desde hacía 5, sus dos hijas mellizas, Mabel y Esther de 39 años, habían
fallecido hacía 6 en un accidente de tránsito. Fermín sólo pudo reponerse de esa tragedia
fundando un comedor para los más necesitados, él decía que ese comedor era la
razón de su vida.
Cada mañana, desde el accidente se levantaba cumpliendo una rutina
a elección: a las 6:30 para ir a comprar el pan y preparar las tostadas, a las
7 recibía alrededor de 20 nenas y 25 nenes a desayunar en el comedor y los
preparaba para ir a la escuela. Porque si hay una cosa con la que el anciano no
daba tregua era con que los niños tenían que estar educados. Él mismo pagaba de
su bolsillo el transporte escolar que los llevaba a todos a la escuela pública y
al regreso, les daba el almuerzo.
Luego, los nenes se iban con sus familias y regresaban al día
siguiente otra vez para desayunar. Los fines de semana pasaba películas y hacían
juegos, además de que todas las tardes, para el que lo necesitara, había
contratado a tres mujeres de alrededor de 30 años para que dieran apoyo escolar
en el mismo espacio del comedor.
Fue así que Fermín, desde el accidente, vivía solo y se dedicaba
pura y exclusivamente a este emprendimiento, las mujeres que daban apoyo escolar
siempre coordinaban entre ellas y recibían a los pequeños que necesitaban ayuda.
Pero un día, una de ellas consiguió otro trabajo y se fue.
Desde el año pasado Fermín
y las otras dos mujeres fueron la única referencia en el comedor. Una de las
docentes se llamaba Mónica y la otra, Soledad y parece que la tragedia
acompañaba al anciano a donde quiera que fuera.
Una tarde, ambas estaban dando clases de matemáticas con alrededor de 10 nenes y uno de estos,
sin querer volcó kerosén en el piso cerca de la estufa y provocó un incendio
del que no hubo salvación. Mónica y Soledad, ante la desesperación lograron
sacar a los diez pequeños pero ellas no pudieron salir quedando atrapadas entre
las llamas. El comedor se derrumbó íntegro, techos, paredes, muebles, todo y
esta vez Fermín sumido en un cuadro depresivo fue hospitalizado y no volvió a
ser el mismo; se recuperó a medias.
Luego de un año, por fin le dieron el alta pero no podía estar
solo en la casa, no podía. Entonces decidió contratar a dos enfermeras que lo
cuidaran una por la mañana y otra por la noche.
Así fue que las dos enfermeras falsas ingresaron hoy, 6 de enero,
a las 11:10 a la casa de Fermín y lo asesinaron llevándose el único dinero que
le quedaba, tras darle una patada al perro para que dejara de ladrar. No saben
sus nombres, ni cómo el anciano las contactó, dicen. No tienen pruebas, ni indicios, no
dejaron huellas, nada.
Sin embargo, me parece que no tienen ganas de investigar porque al
entrar al hogar vi en el piso una colilla de cigarrillo y Fermín no fumaba. Los
vecinos me dijeron que a quién le va a interesar un viejo solitario y depresivo
y que me dejara de joder, que no me metiera.
Sin embargo yo, que aprendí a leer en su comedor hace 6 años, cuando
tenía 15, me voy a encargar de que se haga justicia, porque además de leer,
aprendí de él a no bajar los brazos y esa fue la lección más importante.
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