¿Cuándo fue que empezamos a apartarnos de la vida y a creer que vivir ya no importa?
sábado, 16 de abril de 2016
miércoles, 9 de marzo de 2016
Lo gris
Lo gris
Lo gris se me figura angustia,
se me figura plomo,
soledad, trastorno.
Lo gris se me figura llanto,
algo pesado,
algo arrastrado.
Lo gris se me figura todo,
se me figura nada,
se me figura un mundo.
viernes, 4 de marzo de 2016
Manos de tierra
Manos de tierra
Del motor comenzó a salir humo blanco. Julio
hizo un movimiento brusco con el volante para esquivar una piedra pero no pudo.
El neumático delantero izquierdo se pinchó.
Entonces frenó, se bajó del auto, levantó el
capó y empezó a mirar el motor de un lado al otro como si estuviera tomando
fotografías con sus ojos. ¿A quién engañaba? Si no sabía nada de mecánica.
El viento soplaba cada vez más fuerte, por
lo que tenía que entrecerrar los ojos; sin embargo a lo lejos divisó un bulto
que se acercaba por el camino de tierra.
Era un auto pequeño, blanco, que levantaba
una sofocante polvareda tras de sí. Julio se paró en el medio del camino y
comenzó a agitar los brazos por sobre su cabeza. El auto que venía en dirección
contraria detuvo su marcha y el conductor bajó sonriendo.
El polvo cubría la escena pero Juan ya había
visto que era su amigo quien pedía auxilio al otro lado del camino.
Recién cuando estuvo a cinco metros de Julio,
éste lo reconoció y lo saludó con un abrazo que pareció interminable. Hacía siete
meses que no se veían.
Caminaron hasta el auto averiado y tras
observar en forma genérica Juan le pidió a su amigo que abriera el baúl para
tomar herramientas.
Entonces lo vio. Debajo de los destornilladores
y a la izquierda de la rueda de auxilio estaba el álbum verde, ese que
compilaba las fotografías tomadas por Julio y que alguna tarde habían acomodado
juntos.
En pocos segundos la cabeza de Juan fue una
catarata de recuerdos. Abrió el álbum y vio la primera fotografía. Esos ojos
negros de pupilas penetrantes que se clavaban en cualquier objeto. Era el niño
que tantas veces se había presentado en sus sueños. Ojos tristes, ojos
cansados.
Juan los miró fijo y sus ojos se volvieron
uno con los del niño. Hacían juego con la remera a rayas, sucia, carcomida; los
pantalones cortos y las rodillas raspadas.
Cuando Juan miró su remera contó las manchas
o intentó contarlas, pues mientras estaba enfrascado en la tarea sintió que su
madre lo tomaba de la mano y empezaban a caminar.
No
sabía hacia dónde, pero caminaban junto a un grupo de personas con rostros
apesadumbrados.
Algunos llevaban bolsos; otros, las manos
vacías. Pero todos parecían dispuestos a llegar a algún lado, a conocer su
destino.
Juan apuraba el paso al mismo tiempo que
observaba a su alrededor. Algunos niños iban jugando entre sí e intentaban
correr más allá del grupo, pero de inmediato sus padres los llamaban para que
no se alejaran.
Cuando él intentó separar su mano de la de
su madre, ésta lo apretó más fuerte y le tiró del brazo. Él la miró, pero la
angustia que se reflejaba en el rostro de ella hizo que no pronunciara palabra
alguna.
Sayula había quedado a dos kilómetros de
distancia y el viento se hacía sentir al mismo tiempo que los árboles iban
desapareciendo poco a poco del paisaje.
Los hombres discutían entre sí, acalorados y
gesticulando con sus brazos, los más ancianos iban en el medio del grupo como
protegidos por el resto, de tanto desierto y tanto sol.
A medida que avanzaban el calor aumentaba.
Juan empezó a transpirar. Con la mano que tenía libre sacó un pañuelo blanco
del bolsillo de su bermudas y se lo pasó
por la frente. Ese gesto fue como una revelación.
Fue en ese instante cuando pareció comprender
hacia dónde iban y porqué. Y entonces se olvidó de los juegos, y se propuso
llegar entero. A pesar de las llagas que se le
formaban en las plantas de los pies.
Caminó sin quejas, mostrando fortaleza,
acompañando al grupo y animándolos a seguir cuando las fuerzas parecían faltar.
De pronto uno de los del grupo señaló el horizonte. A lo lejos se
divisaban formas agrupadas. No se distinguía qué era pero eran las primeras
sombras tras doce kilómetros transitados.
La mayoría comenzó a mostrar nerviosismo.
Apuraron el paso a pesar del cansancio acumulado y las sombras parecían
acercase cada vez más.
Las gargantas resecas y la piel ajada no eran impedimento para llegar. A medida que
se acercaban aquellas lejanas siluetas cobraban altura. Entonces Juan imaginó
frondosos y verdes árboles para trepar a pesar de sus rodillas raspadas.
Caminó durante unos segundos con los ojos
cerrados, deseando que hubiera pasto que cubriera el terreno, perros jugando y
un arroyo estrecho y limpio que se pudiera cruzar de un gran salto.
Mientras imaginaba esto, un ruido lo trajo a
la realidad. Era Julio que, tras colocarle agua al radiador como él le había
indicado, estaba poniendo en marcha el auto.
Luego de dos o tres intentos el vehículo
arrancó. Juan esbozó una sonrisa y al comprobar que, no sabía muy bien en qué
momento, ya había cambiado el neumático averiado por el de auxilio, dejó las
herramientas nuevamente en el baúl. Miró
otra vez la portada del álbum y saludó a su amigo que estaba listo para
continuar el trayecto. Sin embargo Julio sacó las llaves, fue hacia el baúl y tomó el álbum verde.
Los dos se sentaron bajo el único árbol en
cien metros a la redonda y terminaron de ver juntos las fotografías.
Los
recuerdos de la militancia en el Instituto Indigenista estaban latentes. Cada
foto contaba una historia diferente, a través de los rostros, de la expresión
de las miradas, de las manos resecas y las vestimentas gastadas.
La sabiduría que le había transmitido su madre, aquellas convicciones y valores que siempre había admirado, eran los pilares del amor por los suyos: los humildes.
La sabiduría que le había transmitido su madre, aquellas convicciones y valores que siempre había admirado, eran los pilares del amor por los suyos: los humildes.
Juan sintió la grandeza de cada uno de los
retratados y recordó el sacrificio que habían hecho reclamando lo suyo,
excluidos, marginados, enajenados en su propio territorio.
Personas
que habían transitado la vida luchando por una parte digna de terreno y habían
muerto sin poder ver a los suyos en paz. Por eso él pensaba que sólo son
superiores a los vivos, los que están bajo tierra. Es bajo tierra donde la grandeza perdura para
siempre.
Los dos
amigos siguieron recordando historias sin darse cuenta de que el sol ya estaba
cerca del horizonte. No sabían cuánto tiempo habían estado allí sentados pero era
la hora de despedirse.
Se abrazaron
una vez más y prometieron no dejar pasar tantos meses sin verse. Julio se paró
primero y se dirigió al auto. Tras guardar el álbum, se dio vuelta para
observar a su amigo.
Antes de
levantarse, Juan posó la
palma derecha sobre el suelo reseco cerró el puño tomando un cúmulo de polvo y
levantando apenas unos centímetros el brazo, lo dejó escurrir entre los dedos
mientras el viento se llevaba la tierra hacia el llano.
Ficción sobre Juan Rulfo.
domingo, 14 de febrero de 2016
miércoles, 10 de febrero de 2016
Ojos claros
Ojos claros
Todas las tardes de sol, a las dieciséis,
cruzaba la plaza central rumbo al zoológico. En el pueblo lo llamaban el loco
Oscarcito. Era alto, delgado, morocho, ojos color miel, rengo de la pierna
derecha y aparentaba unos treinta años.
El impacto por el suicidio de su padre, el cáncer de su madre y los maltratos constantes por parte de su tío, habían provocado en él un retraso mental notorio. Era un niño encerrado en el cuerpo de un adulto.
El impacto por el suicidio de su padre, el cáncer de su madre y los maltratos constantes por parte de su tío, habían provocado en él un retraso mental notorio. Era un niño encerrado en el cuerpo de un adulto.
Oscar tenía fascinación por los animales. Si
embargo, el que más le atraía era el jaguareté. Por eso, cada tarde de sol, a
las dieciséis, cruzaba la plaza central del pueblo, rumbo al zoológico.
Para llegar caminaba alrededor de quince
cuadras, mientras hacía una leve reverencia con la cabeza, a cuanto se le
cruzara. Con la mirada ausente avanzaba a paso lento hasta que llegaba a la
puerta enrejada del Zoológico.
Allí se detenía a contar las rejas y a leer
en voz alta las palabras forjadas en hierro que estaban en la parte superior de
la puerta de entrada: “Zoológico Municipal”. Luego ingresaba, se frenaba frente
a la garita de los cuidadores y los saludaba posando sobre la sien, la punta de
los dedos de su mano derecha, estirada.
Los cuidadores lo saludaban como si fuese
uno más entre ellos y Oscar, con una sonrisa, transitaba por uno de los caminos
de ripio, y se sentaba en el banco que estaba ubicado justo enfrente de la jaula del
jaguareté.
Se acomodaba con paciencia en aquel asiento hecho de tablas de madera, sabiendo que iba a estar varias horas. Se apoyaba en el respaldo curvo, posaba el brazo derecho en el borde y extendía
sus largas piernas, cruzándolas una sobre otra.
En la otra margen del camino, el jaguareté
lo observaba desde su jaula con sus ojos claros.
Recostado sobre la tierra reseca, con la cabeza apoyada entre sus patas
delanteras.
Y los dos se quedaban inmóviles varios
minutos observándose. Cada uno clavaba la mirada en el otro.
Oscar admiraba los ojos del jaguareté. Algo rasgados, con el párpado inferior marcado de negro, como si estuviese maquillado con un delineador. La pupila, un punto negro, casi imperceptible, y ese color miel que tanto se asemejaba al color de los ojos del loco Oscarcito.
Oscar admiraba los ojos del jaguareté. Algo rasgados, con el párpado inferior marcado de negro, como si estuviese maquillado con un delineador. La pupila, un punto negro, casi imperceptible, y ese color miel que tanto se asemejaba al color de los ojos del loco Oscarcito.
Y allí, ante la mirada burlona del público
que iba y venía por el lugar, él hablaba con el animal. Sus palabras eran
incongruencias, una tras otra, acompañadas de gestos dirigidos al felino.
Éste, pasaba la mayor parte del tiempo
recostado. Se limitaba a levantar la cabeza, jadeaba sacando la lengua y en un
movimiento que parecía abrupto volvía a apoyarla en el suelo, como si
se le cayera. El paso de los años y el encierro lo habían transformado en una
bestia inactiva.
Tendido al sol, cerraba los ojos, los volvía
a abrir y observaba a Oscar. Según lo iluminaban los rayos de luz, el pelaje se
veía amarillo o naranja, resaltando las manchas negras que el loco conocía de memoria.
Del lado derecho del lomo, había dos que le
llamaban la atención. Una, era un cuadrado perfecto, con tres pequeños círculos
que formaban los vértices de un triángulo; la otra, era un cuadrado sin
vértices, con una línea negra en el medio.
Durante las horas que el loco pasaba allí
sentado, repasaba las manchas de la bestia con
la vista. Y uno de los momentos que más disfrutaba era cuando el jaguareté se
echaba sobre el otro costado, y podía ver la que se destacaba en su lado
izquierdo.
Era una sucesión de rayas negras que
formaban un rombo vertical, con múltiples puntos negros en su interior. Cada
vez que Oscar veía esa mancha, sonreía mostrando sus dientes y se quedaba así,
durante varios minutos.
Los niños que pasaban por el lugar, lo
miraban sorprendidos ante tal sonrisa. Pero él sólo pensaba en el jaguareté
haciendo caso omiso de las miradas. Y lo recorría una y otra vez con la vista,
mientras continuaba pronunciando incongruencias.
El animal, también parecía indiferente a
toda persona que se acercara a la jaula. Incluso, ni los gritos de los niños
generaban que moviera siquiera un músculo.
Recién cuando el sol empezaba a ponerse y el
público se iba del lugar, el jaguareté, sin dejar de mirar al loco, se paraba,
estiraba sus patas delanteras y bostezaba.
Era en ese momento, cuando Oscar, imitándolo
estiraba sus brazos, se desperezaba y caminaba hacia la jaula. Inclinando su
espalda, fijaba los ojos en los de la bestia y ambos se observaban,
imperturbables. Y así, el loco se despedía hasta el día siguiente.
Una tarde por año, sólo una, él cambiaba el
horario de la rutina y se dirigía al zoológico una hora antes de lo
acostumbrado. Es que cada veintidós de
diciembre, el jaguareté cumplía años. Entonces Oscar recorría la plaza del pueblo llevando una
bolsa con un fémur de vaca, rodeado de carne, cruda.
Tras hacer el ritual de contar las rejas de
la puerta de entrada y leer en voz alta las palabras forjadas en la parte
superior, entraba al Zoológico y avanzaba, por el camino de ripio, hasta la
jaula del animal. Entonces tiraba el hueso
por arriba de las rejas, como regalo de cumpleaños.
El jaguareté, siempre recostado en la tierra
reseca de la jaula, levantaba la cabeza, miraba el hueso, luego miraba a Oscar
y volvía a apoyar su mentón sobre las patas delanteras. Y entonces el loco se
iba dejando solo al animal, para que disfrutara de aquel manjar.
Y allí quedaba el hueso, sucio de polvo. Las
moscas empezaban a revolotear alrededor y a los pocos minutos un enjambre lo
cubría. Lo que impedía determinar dónde terminaba el hueso y dónde empezaban
los insectos.
En su mayoría eran moscas negras y grises que depositaban sus larvas amarillas, al tiempo que producían un sonido constante y molesto con el aleteo. Al cabo de unas horas, el calor del sol podría la carne. El olor se sentía por los alrededores de la jaula y las moscas no paraban de zumbar.
En su mayoría eran moscas negras y grises que depositaban sus larvas amarillas, al tiempo que producían un sonido constante y molesto con el aleteo. Al cabo de unas horas, el calor del sol podría la carne. El olor se sentía por los alrededores de la jaula y las moscas no paraban de zumbar.
Cuando la putrefacción iba en aumento, los
visitantes de zoológico empezaban a quejarse del olor y a taparse las narices
con sus manos. Uno de los cuidadores se acercaba a la jaula, llaves en mano, la
abría y retiraba el hueso putrefacto que terminaba en la bolsa para residuos.
Al día siguiente, cuando el loco Oscarcito
se sentaba en el banco de madera, se daba cuenta de
que el hueso no estaba. Entonces sonreía creyendo que el jaguareté se lo había
devorado con sus enormes dientes.
Y, una vez más, se dedicaba a observar al
animal durante horas. Éste, con su acostumbrada pesadumbre, se limitaba a
realizar algún movimiento con la cabeza. A veces la levantaba de cara al sol,
lo que provocaba más brillo en sus ojos claros y se quedaba medio dormido, así,
con la cabeza en el aire.
Oscar le hablaba, recordando el día en que
lo había conocido, hacía veinticinco años, de la mano de su padre. Ese día fue
el inicio de sus constantes visitas y el último que vio a su progenitor. La
visita al zoológico había sido la despedida, para luego suicidarse esa misma
noche.
Mientras el loco hablaba y gesticulaba, el jaguareté se levantó para desperezarse. Y Oscar hizo lo propio, ya era la hora en que se ponía el sol, hora de retirarse. Así que se levantó de su asiento, se acercó a la jaula y saludó al jaguareté, como siempre lo hacía, prometiendo regresar al día siguiente.
Los que pasaban por alrededor de la jaula, sin detenerse, comentaban por lo bajo, burlándose de la obsesión que tenía Oscarcito. El jaguareté era parte de su vida, y él era su fiel compañero. La bestia estaba en esa jaula sólo para él.
Mientras lo miraban de reojo, murmuraban y sonreían. Porque a ellos les causaba gracia ver al loco del barrio en el zoológico, todos los días, sentado en aquel banco de madera, durante horas, frente a una jaula vacía.
Mientras el loco hablaba y gesticulaba, el jaguareté se levantó para desperezarse. Y Oscar hizo lo propio, ya era la hora en que se ponía el sol, hora de retirarse. Así que se levantó de su asiento, se acercó a la jaula y saludó al jaguareté, como siempre lo hacía, prometiendo regresar al día siguiente.
Los que pasaban por alrededor de la jaula, sin detenerse, comentaban por lo bajo, burlándose de la obsesión que tenía Oscarcito. El jaguareté era parte de su vida, y él era su fiel compañero. La bestia estaba en esa jaula sólo para él.
Mientras lo miraban de reojo, murmuraban y sonreían. Porque a ellos les causaba gracia ver al loco del barrio en el zoológico, todos los días, sentado en aquel banco de madera, durante horas, frente a una jaula vacía.
domingo, 24 de enero de 2016
Yolanda
Yolanda

Yolanda era un palo. Sí, un palo de escoba que mi abuelo Roque pintó de
rojo, y yo bauticé Yolanda.
El tronco del limonero, recién plantado, se torcía hacia la derecha y
había que enderezarlo. Entonces mi abuelo cortó un palo de escoba, tenía la
costumbre de guardar las escobas viejas, para usarlo de tutor.
Con pintura sintética roja, brillante, cubrió la superficie. Y la punta
superior del palo, la que está redondeada, la pintó con sintética blanca.
Esperó unos días para que se secara, regó el limonero hasta que la
tierra de alrededor se tornó lodosa y clavó el palo de madera.
Haciendo un paneo con la vista, por el jardín de la casa, uno podía
darse cuenta de que ésta era una práctica habitual. Casi todas las plantas
tenían tutores. Pintados o de blanco, o de rojo. Pero el del limonero era el
único bicolor.
Al cabo de dos semanas, este árbol no sólo seguía torciéndose hacia la
derecha, sino que, además, comenzó a secarse. Dio un limón agrio, tan agrio que
el jugo secaba la lengua y el paladar, y después de eso se secó en forma
definitiva.
Roque decepcionado, sacó y tiró el árbol y al tutor rojo y blanco lo
guardó en un galpón atiborrado de cosas en desuso.
A partir de ese momento el viejo palo de escoba dejó de oficiar como tutor
de plantas y pasó a ser Yolanda: mi compañero de juegos.
Cada tarde, cuando salía al jardín de mi casa para jugar, iba en busca
de Yolanda y se convertía en bastón, o varita mágica. Hacía las veces
de puntero o servía para alcanzar los higos y las ciruelas maduros que brotaban
en las partes altas de los respectivos árboles.
Fue mástil de diversas banderas, fue cuerpo de espantapájaros, pero su
rol más usual era el de micrófono.
Durante meses, ese palo rojo y blanco fue mi compañero de juegos. Y cada
tarde, luego de jugar durante horas, lo guardaba en el galpón: para que no
quedara a la intemperie y saber dónde encontrarlo al día siguiente.
Un jueves, recuerdo, de primavera, después de almorzar, fui a mi
habitación. Preparé un cartel de feliz cumpleaños, pintado con fibras de
distintos colores y flores secas pegadas alrededor del papel, a modo de
guirnalda. Salí al patio, lo colgué del ciruelo y corrí hacia el galpón a
buscar a Yolanda.
Era su cumpleaños, un año junto a mí, compartiendo mis fantasías de niña
de 7 años.
Entré despacio, para no hacer ruido, y me encontré con la sorpresa. Mi
abuelo Roque había limpiado el galpón. Innumerables cosas fueron a para a la
basura y a la calle. Entre ellas, Yolanda.
Busqué y busqué. Entre las herramientas, en el baúl de diarios viejos,
tras la puerta, pero era inútil. Roque había sacado a la calle las escobas
viejas y los palos pintados.
Salí del galpón con los ojos llorosos, tratando de disimular la
angustia. Imaginaba a mi mamá gritándome que estaba loca, que cómo iba a llorar
por un palo de escoba. Y claro, visto de ese modo, era cierto, no tenía
sentido. Pero ¿quién iba a entender que no era sólo un palo pintado? Era
Yolanda.
Entonces me senté sobre el pasto, y mirando el cartel de feliz
cumpleaños que colgaba del ciruelo decidí que nadie tenía que notar mi
tristeza, no lo entenderían. Me quedé por varios minutos con la mirada perdida
mirando el cielo celeste. Y me di cuenta de que ese día aprendí un
comportamiento de los adultos: aprendí lo que es tragarse el llanto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
